7 sept 2014


Leer da sueños


Ningún gran artista ve las cosas como son en realidad.
Si lo hiciera, dejaría de ser artista.
Oscar Wilde

Fue un martes, a las siete y cuarto de la mañana, más o menos, era el primer día del mes de Marzo de mil novecientos noventa y cuatro, en el Hospital San Juan de Dios de San Vicente de Chucurí. Yo espero experimentar algún día la angustia de saber si mi hijo será niño o niña, porque mis padres no lo sabían. Yo venía sentada, así que fue una cesárea, y como estaba con las manos entre mis piernas, el médico no pudo ver mi sexo durante las ecografías. Fui una gran sorpresa. Mi papa ya tenía un hijo en ese entonces, de 14 años, se llama Camilo Ernesto, por Camilo Torres y Ernesto 'el Che' Guevara, él es mi hermano mayor. 
Nací mientras el planeta gira, y fui registrada treinta días después como Paula Ximena Lizarazo Torres. Luego de veintidós meses de los cuales todo lo que pueda decir será por que me lo han contado, nació mi hermano menor, mi Pipe, el trece de noviembre de mil novecientos noventa y cinco.
Antes de eso, durante aquellos veintidós meses, sucedieron cosas en las que me gusta pensar, aunque no las recuerde como tal. En Agosto de 1994, con cinco meses, pronuncié mi primera palabra, un sencillo Hola. Según mi papá, él se había despertado y me vio parada en la cuna, me dijo hola, y yo le respondí: hola. Y en Enero de 1995, yo ya caminaba, aunque fuese de la mano de alguien, pero poco después, una noche quería ir al baño y mi hermano me llevó... por alguna razón que no logro comprender, supongo que confianza, Camilo me soltó y estoy casi segura que no alcancé  a dar más de dos pasos, pues caí. No volví a soltarme para caminar después de un año. 
Mis padres son Nelson Lizarazo Valencia y Alexandra Torres Duarte, y cuando yo cumplí un año, bueno, un poco después, mi madre descubrió que estaba embarazada de nuevo. Yo creo que nunca estuvo más emocionada. O de pronto sí, cuando vio que su hijo era un niño, un niño hermoso, a quien le pusieron el nombre de Nelson Felipe. Mi mamá me contaba que siempre quiso tener "la parejita", y la verdad es que para mi papá fue una gran emoción tener otro varón: a las 16 semanas de embarazo, él supo que era un varón, ¡antes de la ecografía!
Entonces éramos Pipe y yo, el mono y la flaca, él siempre haciendo deporte: fútbol, patinaje, baloncesto, lo que fuera... y yo, leyendo desde antes de los cinco años, todo lo que se cruzara por mi camino lo leía, y lo que no se cruzara, sería cruzado por mí. Escudriñaba como perro callejero en la basura, las bibliotecas de mi papá, provocándome serias crisis de asma debido a la vejez de algunos libros, pero no me importaba, y no me importa todavía.
Leo desde que era muy pequeña, pero aun así creo que no me alcanzará la vida para todo lo que quiero y me falta por leer. Mi papá recuerda felizmente que cuando tenía dos años, él me sentaba en sus piernas y "leíamos" la revista Semana, pero después de varios minutos me quedaba dormida, paradójicamente ese era su objetivo pues según él y mi familia, siempre fui extremadamente hiperactiva, y solo había una manera de llamar mi atención para que me concentrara en algo, y era que me dieran algo para leer.
Creo que logro recordar que a mis cinco años leía muchos cuentos, y a medida que crecía, leía sobre más cosas, no puedo olvidar las enciclopedias que me gustaba hojear y leía lo que me pareciera interesante, también me gustaban mucho los animales y las flores, entonces leía libros de botánica, y como mi papá es médico, me encontraba con libros de anatomía humana que también devoraba. 
Mi primer encuentro real con la literatura no fue hasta mi décimo cumpleaños, una tía a quien amo, por eso y muchas cosas más, me regaló el libro El Principito del francés Antoine de Saint-Exupéry, con una nota que dice "Ximena: deseo lo degustes y después me cuentes". Hoy, casi diez años después, no le he contado nada, porque sigo leyendo esa obra magnífica casi todas las noches, y descubro algo nuevo, algo hermoso, algo que me transforma cada vez que lo leo. 
Ella, mi tía Leyla, la hermana menor de mi papá, es una de las que más me ha alcahueteado la lectura, por supuesto junto a él y también junto a mi abuelita Graciela, la mamá de ellos. Para ellos no hay libros apropiados o no apropiados, nunca los hubo y nunca los habrá, pues sin importar mi edad, me dejaban leer lo que fuera, aun siendo mi abuela muy conservadora, mi papá bastante sobreprotector y mi tía absolutamente feminista.
Ese mismo año, el dos mil cinco, recuerdo que leí una novela corta llamada Desde mi cielo de Alice Sebold, y también leí de ella, poco después, otra obra llamada Afortunada. No son las obras más grandiosas de la literatura, pero las leí y a pesar de ser un poco fuertes debido a la temática que tratan y el estilo realista que maneja la autora, nadie me impidió leerlas, y en ese momento supe lo que era libertad. Pocos meses después, recuerdo que leí Enciclopedia visual del sexo y un libro llamado El libro de la sexualidad
Le pregunté muchas cosas a mi papá, sin faltar la típica pregunta "¿de dónde vienen los bebés?", pero más allá de eso, quise saber qué era una violación y por qué sucedía. Él, sabiamente, supo aclarar mis dudas, enfatizando en el respeto que tenía que dar y exigir siempre, ante cualquier persona o situación. Sin embargo, en ese momento, supe lo que era, lo que se sentía la tristeza más profunda.
En el dos mil seis, yo tenía once años y me mudé con mi papá y mi hermano a Bucaramanga, tierra natal de mi papá y su familia, entramos a estudiar al Colegio Franciscano Virrey Solís, el mismo donde estudió mi papá.
Allí terminé el bachillerato y tuve una grandiosa adolescencia, conocí personas que hoy todavía considero grandes amigos aunque en este preciso momento andemos en distintos caminos. 
Mi hermano mayor vivía en Bogotá, y tratábamos de visitarlo lo más seguido posible, sobre todo porque se convirtió en padre de una hermosa niña llamada Juanita, quien ha heredado el gusto por la lectura que solo las mujeres tenemos en mi familia. 
La vida en la ciudad me golpeó muy fuerte y a decir verdad, aun no me acostumbro, pero también me regaló muchas cosas como las bibliotecas y los centros culturales, y en el caso de Bogotá, conocí museos maravillosos y otras bibliotecas también. Cada vez sentía más fuerte ese sentimiento de comodidad y felicidad que solo el arte me daba. Comencé a leer sobre pintura y escultura, también sobre teatro. Cuando tenía trece años, comencé  a estudiar artes escénicas, artes audiovisuales y danza contemporánea en una academia llamada Ensamble, promotor artístico y cultural.
Gracias a ese excéntrico lugar, donde conocí personajes indescriptibles, logré ser un poco más extrovertida y comencé a desenvolverme mejor con las personas y los nuevos estilos de vida que iba conociendo en Bucaramanga.
Mi vida continuaba, yo trataba de huir del alboroto de la ciudad y lo lograba gracias a los libros, al cine, al teatro, gracias a las danzas y a la música... crecí, crecieron mis brazos y mis piernas y empecé a encontrar un gran placer en el correr y el trotar. Para ese entonces ya tenía a mi hijo, a Luciano, un hermoso golden retriever que llegó a mi vida para llenarme de felicidad justo cuando en el dos mil siete, mi hermano decidió devolverse al pueblo para vivir con mi mamá, entonces yo salía con Luciano a caminar, a correr y trotar por el conjunto donde siempre he vivido y en ocasiones iba hasta el parque La Flora que queda cerca y si no tenía mucho por hacer, o así tuviera, me iba hasta la pista de atletismo del Estadio La Flora a correr con él.
En ese momento entendí lo que sentía mi hermano al jugar fútbol, baloncesto o lo que fuera que jugara pues hacía todo tipo de deporte. Solo fue un año sin Pipe, él regresó en el dos mil ocho, y en ese momento supe lo que era tranquilidad y felicidad.
Nunca me gustaron los números, ni las cantidades o medidas, ni creo que pueda entender ese lenguaje, pueden sumar con prisa, pueden restar con calma, da igual porque las matemáticas no tienen alma, y aunque calculemos todo y le pongamos nombre propio, nuestro espíritu no lo pueden ver los microscopios. Las letras en cambio, las pinturas y esculturas, el teatro, el cine y la música: el arte, nace junto a los cuerpos celestes, junto a las estrellas y los árboles, los mares y los ríos, la naturaleza hace que nuestros espíritus se estremezcan, hace nuestros corazones latir más rápido y eso precisamente es el arte para mí, esa exaltación inexplicable e incontrolable de sentimientos que se desbordan a flor de piel. 
Leer es más que un proceso cognitivo de desarrollo intelectual, no solo es importante por lo que ofrece en la vida académica sino porque forma personas y forma espíritus, con ideales que se vuelven acciones y formas de vida. Desde que llegamos a vivir a Bucaramanga, mi papá trató de darme la oportunidad de siempre asistir a la Feria Internacional del Libro de Bogotá, donde he podido apreciar literatura de Brasil, Japón, Portugal, entre otros países invitados. 

Este año, el país invitado de honor fue Perú, y el primero de Mayo de 2014 se convirtió en uno de los días más felices de mi vida, en el que tuve la maravillosa oportunidad de conocer al escritor Mario Vargas Llosa, también a un gran amigo de nuestro difunto Gabo, el escritor y periodista colombiano Plinio Apuleyo Mendoza, y a Daniel Samper Pizano e hijo, lo cual significó para mí una experiencia absolutamente inolvidable.
Y quién iba a pensar que ese día iba a estar acompañada de un hombre con quien compartiría un dulce amor, alguien capaz de esperar fielmente como lo hizo Florentino Ariza, para finalmente enseñarme que el amor, en cualquier tiempo, es el arte más natural y capaz de despertar más sentimientos y emociones que cualquier otra cosa, que puede ser tan real como lo es en las grandes obras literarias o en el cine. Es tan real como la naturaleza con la que nace, y como la fuerza que mueve a los seres a mantenerlo vivo.
Finalmente, creo que puedo decir que la lectura, más fuera de la escuela que dentro de ella, ha sido lo que me ha construido como persona, como mujer, es la gran ventana a través de la cual vi la vida desde pequeña, y poco a poco comencé a descubrir y contrastar lo que aprendía gracias a los libros con las realidades que vivía, pues si algo me ha enseñado la literatura es a vivir, y a no dejar de leer.

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